Debora en Medellín

Ayer fui a ver una exposición de una artista antioqueña que se llama Débora Arango. Ella vivió y pintó más o menos durante lo que duró el siglo XX: nació en 1907 y murió en 2005. La exhibición era en la nueva sede del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM), que hace parte de un proyecto de renovación urbana que se llama Ciudad del Rio. Es un espacio pequeño que funciona más bien como una galería, sin colección permanente y, como consecuencia, sin señales de querer promover su propia narrativa histórica como muchos museos. La obra ya la había visto en otras ocasiones, pero nunca en detalle. Por un lado quedé fascinada con la expresividad de las piezas y la actitud desafiante de esta mujer a la que no parecían importarle demasiado las convenciones de la época. Pintó una buena cantidad de mujeres desnudas y exuberantes y otro tanto más de críticas sociales y políticas que disgustaron a más de uno. Varias veces le clausuraron exposiciones al siguiente día de la inauguración hasta que en algún momento, entre 1960 y 1975, se negó a mostrar su obra públicamente y se dedicó a pintar en privado. Al parecer en la década de los años 70 alguien la convenció de que volviera a exhibir su obra y a finales de los años 80 ella misma donó más de 220 piezas al MAMM que ella pintó y guardó. Quién sabe cuantas más se quedaron en su archivo personal, pero es claro que un artista que no exhibe tampoco vende, ni sus obras entran en el proceso de circulación e intercambio comercial que aumenta no sólo el valor económico sino el valor cultural percibido. Es decir, Debora Arango no podría tener la fama de Frida Kahlo a menos que sus obras entraran al mercado e instituciones como galerías y museos empezaran a promover su obra.

En fin, además de los mecanismos de selección del mundo del arte, me impactó que la museografía parecía operar bajo el principio de que el museo debe ser un cubo blanco que provee poca información a los espectadores y que la obra se explica por sí misma. Sin embargo, la artista propone un interesante juego de intertextualidad e interpretación al darle a sus piezas nombres juguetones que dan sentido a las imágenes. Por ejemplo, a un montón de monjas reunidas en torno a un pajarito rojo enjaulado ella lo llama ‘las monjas y el cardenal’ o aún mejor, a una escena en que dos chicas bailan alegres levantándose las faldas mientras un voyeur mira desde el piso ella lo llama ‘los derechos de la mujer.’ Por parte del museo las cédulas con información de la obra eran mínimas, particularmente en el caso de un video proyectado en la enorme sala central que rotaba sin fin ni créditos. Las imágenes en blanco y negro parecían querer ilustrar el mundo que Debora Arango habitó mostrando un collage de videos históricos de Medellín y algunas películas antiguas que no pude identificar. Pero Debora vivió 98 años y el video no ayudaba a darle mucho sentido a ese siglo de existencia. En todo caso las imágenes como documentos de la historia de la ciudad eran una maravilla. Más aún porque revelan las impresionantes transformaciones urbanísticas y espíritu modernista de ruptura con la tradición: Medellín es una de las pocas ciudades que conozco que prácticamente no tiene centro histórico. Digamos que si Roma es la ciudad que permanece y a la que uno puede ir una vez cada diez años sin notar mayor diferencia, Medellín es lo contrario, una ciudad en mutación constante. Tal vez por eso fue posible que apareciera aquí Debora Arango, con la capacidad de pintar en contra de las instituciones políticas y las rancias ‘buenas’ costumbres.

 

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Acerca de Laura R Isaza

Vivo y estudio en Inglaterra hace tres años y antes en Mexico, Nueva York y Medellín. Soy historiadora del arte y actualmente hago un doctorado en la Universidad de Leeds sobre cine latinoamericano y festivales de cine. Investigo cómo las películas terminan circulando en mercados internacionales y el papel de los festivales en todo el proceso.
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