III Isla del Tesoro

Aletz

Su hermana fue mi primera novia y mi hermana fue la suya. Me vio llorar cuando los 49ers de San Francisco perdieron la final de la conferencia contra los Gigantes de Nueva York, y cuando murió mi primo. Fue mi primer contrincante en el fron ton y mi primer compañero en las cascaritas de futbol de la calle. Entre los dos construimos una ciudad con tierra y tabiques en un lote baldío a lado de mi casa, escondimos un tesoro y dibujamos un mapa para todo aquel que deseara aventurarse (el tesoro, sólo él y yo lo sabíamos, era una caca de perro). Al Condorito alias el Cone me lo vine a encontrar aquí en Montreal después de una infancia siendo mejores amigos y una década de no habernos visto, ni escrito.

¿Cómo llegó a Montreal? Le pagó sus cinco mil pesos a un abogado canadiense para que le indicara cómo pedir asilo. No más llegó, se inscribió a clases de francés y buscó trabajo. Lo engañó el otoño y aceptó un trabajo de lavacoches. Una noche de finales de noviembre la temperatura bajó a menos diez. En el trayecto del lavado al metro sus pantalones mojados se le petrificaron, iba haciendo un ruido de vidrios rotos al caminar y disparaba pedacitos de hielo a la gente que se escandalizaba en los vagones.

La segunda semana de diciembre cayó la primera gran nevada del año. El Cone se asomó por la ventana de su cuarto, indeciso si la gente salía en esos días a la calle. Sus vidrios empañados le impidieron ver, así que bajó a echar un vistazo desde la puerta del edificio. Asomó la cabeza, sacó todo el cuerpo, dio un paso, luego otro. Una sábana amortiguaba las llantas de los coches, no había pájaros, ni ardillas, ni vida alguna. Era como si le hubieran bajado el volumen a la ciudad. Recordó el juguetillo que le regalaban al Ciudadano Kane cuando era niño (una cabaña nevada dentro de una burbuja de vidrio), y se sintió importante.

Siguió en el lavado hasta que un colega le propuso ganar el doble de salario, trabajando como recogedor de nieve.

“Así nos ahorramos el cambio de temperatura,” le dijo el colega.

“Pero nos quedamos en el puro pinche frío.”

“!Oh, lo quieres todo!”

Le hizo caso al amigo y se fue a recoger nieve. Los subían de diez en diez en camionetas descapotables. Los dejaban después en las esquinas más recónditas de la ciudad, donde los camiones del Estado (que son muchos) no llegaban. Pasaban por ellos a las siete, ocho, o nueve de la noche. No había un horario fijo y eso, a menos 30 grados de temperatura, se resentía más.

Renunció. A la semana se fue a rebanar pechugas de pollo, después lo ascendieron a limpiador de máquinas, en verano se puso servir helados y, por último, después de que en un año aprendió a hablar francés, se puso a responder mentadas de madre en un call center.

Ahora, mi punto. El Cone fue mi primer gran amigo. Vivimos grandes aventuras, compartimos sueños y ¿ya dije lo de las hermanas? Después de varios años sin vernos ni mandarnos un mensaje si quiera, los dos hemos coincidido en Montreal. Para él la ciudad ha sido un campo de batalla que ha ido conquistando en base a puro esfuerzo, para mí ha sido una especie de retiro en el polo norte. Y mi punto es… Bueno, creo que ya es hora de que escondamos un tesoro en esta ciudad.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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5 respuestas a III Isla del Tesoro

  1. Elisa Olivares dijo:

    Aletz sí escondan un tesoro. Yo creo que todos los niños esconden uno, el mío no era orgánico, jua, pero le hecharon una losa de concreto encima y ya no lo pudo encontrar nadie. Que fuerte encontrarte al Cone después de tanto tiempo. Un tesoro ya encontraste en Montreal!!!

  2. Guille dijo:

    Muy bueno Ale,
    Qué significara esto de esconder tesoros? Qué opinaria M. Freud?
    Mejor no pensarlo!
    Ahora el frio es paris nos esta matando como a ustedes en alla..

    abrazos!!

  3. Guille dijo:

    perdon..era “alla” y no “en alla” y con acentos..

  4. Aletz dijo:

    Tesoros orgánicos. Si nadie los encuentra, crecerá a lo menos un árbol.
    abrazos!
    ahora veo lo de fb

  5. Pingback: El enigma de la abuela | Siete Ciudades

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