La leche de París


Guille
Lo noté por primera vez en una foto, en la casa de Sofía: La torre Eiffel estaba deformada, gorda. Poco después lo escuché en la radio y después, las imágenes en la tele: Se había hinchado tanto que parecía un flan Nestlé.
Con Sofía comparamos sus viejas fotos desde la ventana con las nuevas y notamos que además la luz del farol se había vuelto más débil y pesada. Hasta que se apagó y la Torre empezó a inflarse aun más.
Se hicieron mapeos, láser, lo que sea, vinieron especialistas de todo el mundo, pero nadie podía dar con la razón de estos cambios.
Hasta que uno de los cuidadores se apoyó contra una columna y la apretó. De la punta de la torre salió un chorro de leche que le cayó en la cabeza. Todos lo miraron y volvió a apretar. De nuevo un valdaso de leche le cayó sobre la cabeza. Los otros que estaban mirando como si fueran estupidos fueron a apretar también.
Las especialistas de nuevo invadieron la escena. No entendían nada, por supuesto.
Al final crearon una gigantesca mano mecánica y empezaron a ordeñar la Torre. La leche salía por la punta y caía en un embudo, conectado a una manguera que llenaba un tambo. Pusieron además un ascensor externo por la que se podía llegar hasta la punta y chupar donde salía la leche. Creo que cobraban diez euros para eso.
La leche que caía al tambo (en los horarios de descanso, cuando no estaban los turistas chupando) se envasaba y vendía. Esa leche se hizo famosísima y se exportaba en todo el mundo.
Hasta que por el hueco en el faro empezaron a salir cadáveres.
La leche estaba pastosa como una crema, y los cuerpos salían blandos, desfigurados. Salían de la punta de la torre y eludiendo la manguera que extraía la leche caían y se destrozaban contra el piso. Tuvieron que poner un tobogán para que se deslizaran y una muralla abajo, para contenerlos. Al poco tiempo había una montaña de cadáveres.
Salían vestidos, bañados de leche, pero sin documentos ni nada que ayudara a reconocerlos.
Desde el día que salió el primer muerto se prohibió tomar la leche de la torre. La plata que perdieron, culpa de esos cadáveres, no se puede calcular.
Eso si me acerqué a mirar, la montaña de cadáveres. Me sentí por un momento en un campo de concentración, o en una guerra. Fuera del cadáver de mi abuelo, nunca había visto un muerto (sí, también había visto al padre de Leandro, cuando íbamos a la escuela primaria, pero éramos muy chicos). Esta vez, tantos juntos, todos juntos, era demasiado. Se los llevaban en camiones, como en la guerra, bah, no sé, nunca estuve en una guerra. Se los llevaban en camiones.
A medida que iban saliendo los muertos la torre iba recobrando su forma esbelta tan famosa.
Hasta que salió el último cadáver, uno rubio, me acuerdo de la foto. El tipo se parecía mucho a Gaston Pauls, pero con pelo, claro, ya dije que era rubio.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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