II Los que sí dijeron la verdad

Aletz

Hablé la semana pasada de los mexicanos que emigraron a Montreal con el recurso del asilo político. Por lo que escribí daba la impresión de que casi todos habían mentido. Pues sí, mintieron. Pero eso no quita que algunos dijeron la verdad, que en México sufrieron atropellos, amenazas de muerte y hasta muerte de familiares o amigos. Si tomamos la tan mencionada cifra de casi 3,000 muertos no más en Ciudad Juárez el año pasado, y si a eso le sacamos que cada muerto pudo haber tenido una familia de dos a tres, los cuales ya no quisieron seguir en la desgraciada lista y prefirieron emigrar. Saquen cuentas.

Una noche me topé en el abarrote de mi esquina con un tipo de Ciudad Juárez. En lo que cada uno pagaba sus cervezas y caminábamos una cuadra me contó que habían matado a su hermano. Los narcos lo balearon en su coche por verlos feo. Como a los dos meses le secuestraron al padre. El pago de la recompensa los dejó apenas con el dinero suficiente para su boleto de avión y sus clases de cómo mentir en las aduanas de Canadá.

“¡Pero si yo no tengo que mentir!”

“Igual le sale al mismo precio.”

Pagó sus diez mil pesos y pidió el asilo. A los dos años lo convocaron a juicio. Cuando le pidieron documentos probatorios mostró el acta de defunción de su hermano, pero no fue suficiente, quisieron ver recortes de periódico, fotos, y amenazas bien traducidas.

“¡El hermano de este hombre fue acribillado a balazos, señor juez!”

“Eso no prueba que lo estén persiguiendo.”

Y, de hecho, no lo probaba.

El juarense me dijo que lo más probable era que lo fueran a regresar. De hecho, las cervezas que llevaba en la mano eran para la fiesta de despedida de otro amigo que tampoco había mentido.

No cabe duda que estos migrantes plantean el dilema moral de la cuestión. Me dirán que la culpa no es de aquellos que, con tal de salir de pobres, llegaron a Montreal mintiendo. La culpa es de la moral pública completamente desfasada de la privada, las injusticias sociales, la impunidad, la desigualdad económica. En fin, la lista de siempre (y eso no la hace mejor, más bien nos hace a nosotros más pendejos). Pero aún así, aunque esto fuera cierto, no abarca todo el problema. La gran diferencia entre los que mintieron y los que no, es que los primeros por más vueltas que les des jamás te contarán su supuesta historia de persecución, mientras que los otros te la cuentan en lo que compraste unas chelas en el abarrote. Eso, me temo, se llama por un lado vergüenza y, por el otro, congruencia. Duele, porque muchos de los que ayer mintieron pudieron haber pasado a la desgraciada lista arriba mencionada. Duele porque apenas dijeron fuego, y saltaron. (Yo ni me esperé, empaqué maletas hace diez años). Pero ante este dolor no queda más que aguantarse.

Dibujo: Arístides Esteban Hernández Guerrero

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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