I Generación Asilo

Aletz

El año pasado los mexicanos llegaron en hordas a Montreal. Su estrategia de migración era simple e infalible. Al preguntarles en las aduanas si tenían algo que declarar, respondían: “Asilo político.” Resultado: hospedaje gratis durante un mes, escuela de afrancisation, asesoría legal gratuita, permiso de trabajo durante el tiempo que duraba el juicio y servicio de salud gratis. El juicio duraba aproximadamente de uno a dos años, tiempo suficiente para ahorrar el dinero suficiente para construirse un techo en México, pagar deudas y masticar la nueva lengua francesa.

“¿Qué tal las Montreales, compa?

“Com si, com sa.”

La noticia fue agarrando fuerza en México. De pronto salieron anuncios en los periódicos, se repartieron volantes por las calles y se organizaron conferencias multitudinarias en las que un abogado canadiense cobraba cinco mil pesos a cada mexicano para ayudarlo a cumplir sus sueños.

“¡Usen su imaginación! Aquí sobran motivos de persecución, encuéntrese uno.”

“Me llamo Miguel, y me persigue el narco.”

“¡Hola Miguel!”

Así pasaron uno a uno ante los rostros desesperados de sus compatriotas y los rostros impávidos de las aduanas. Después de un año la demanda seguía a tope. Los canadienses empezaron a preocuparse, checaron las estadísticas y espantados corrieron a dársela al Ministro Harper. Como en ese momento a Harper lo estaban entrevistando sobre la crisis, agarró el papel y les dijo:

“Ahí está la causa, dejen de estar jodiéndome las pelotas”(desde ahora los canadienses hablarán como argentinos).

Los asesores se pusieron a trabajar y, en menos de un mes, dictaminaron visa para los mexicanos y juicios expeditos para los demandantes de asilo, esto en palabras concretas equivalía a juicios a de un año en lugar de dos.

A mí me tocó llegar a Montreal en la semana en que pusieron la visa a los mexicanos. Ni bajar del avión podíamos sin pasaporte. En la mirada de todos los aduaneros estaba bien inscrita la amenaza:

“Andate a tu país, beaner.”

Pero logré entrar a Montreal sin pedir si quiera un vaso de agua. Una vez aquí adentro la mayoría de los mexicanos que he conocido —sino es que todos— llegaron con asilo político. La ventaja es que me han tocado varias fiestas de despedida. Lo malo es que no me he enterado de ninguna de las historias persecutorias con las que pidieron asilo. Cuando les pregunto me responden con una carcajada, una evasiva o una mueca de “no me estés chingando.”Salvo en una ocasión, donde sí me contaron una historia que resultó ser  cierta. Pero esa se las cuento después.

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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